miércoles, 1 de febrero de 2017

¿QUÉ FUE DE LA CULTURA DEL ESFUERZO Y LA RESPONSABILIDAD?

Para poder disfrutar de la recompensa
de la creatividad es necesario esforzarse

Tal y como ya me he presentado en otros artículos, soy profesor de instituto con una carrera que ha sobrepasado ya los 20 años. En estos años he visto muchas reformas educativas y aún más modas pedagógicas.

Ahora la expresión mágica que todo lo soluciona es el “trabajo por proyectos”, igual que antes fue el aprendizaje cooperativo y mucho antes el aprendizaje significativo. Dios me libre de caricaturizarlas, pues creo honestamente que todas ellas contienen algo de verdad. Ahora bien, algo debe fallar -y a mí que me registren- cuando simplemente no pasan de ser modas que florecen y con el tiempo son olvidadas y legadas a la hemeroteca de la pedagogía. Eso debe querer decir que seguramente, nos guste o no, todas ellas deben adolecer de algún error o unilateralidad.

Pues bien, a diferencia de tantos y tantos teóricos del aprendizaje, yo también soy padre. Y en concreto padre de víctimas de nuestro sistema educativo, con sus virtudes y sus defectos, lo que simplemente me permite una visión menos idealizada y menos politizada.

Y al final, después de darle a mi hijo muchas explicaciones de las bondades de nuestro sistema educativo que, como buen ilustrado defiendo, se me olvidó decirle lo más importante: pero te tendrás que esforzar.

Cuando esto último quise explicárselo, tuve que retroceder a la noche de los tiempos y partir de cero. Para empezar había que explicar el significado de esa palabra insidiosa y tan poco de moda, pedagógicamente hablando.

Esforzarse es hacer algo que a uno no le apetece por el simple hecho de que cree tener la obligación de hacerlo. Esta palabra es prima hermana de otra denostada de la política: disciplina. El esfuerzo va ligado a la disciplina, siendo la disciplina la capacidad de esforzarse.

Estas dos palabras sólo tienen sentido en el contexto de una humanidad que se propone fines (o proyectos existenciales) y que reconoce que alcanzar un fin querido no es algo inmediato, sino a veces, muy muy mediato. Esto es lo mismo que distinguir entre querer (lo que realmente quiero para mí) y desear (lo que me apetece en cada momento). Y esta última distinción es útil para no confundir la libertad (la capacidad de obligarme a mí mismo) con la pura espontaneidad (hacer irreflexivamente lo primero que me viene).

Y aunque no lo parezca, hasta ahora no he hecho ninguna valoración. Simplemente he reflejado lo que fenoménicamente se nos aparece en relación con el esfuerzo y la disciplina.

La cuestión de fondo es que no recuerdo ninguna moda pedagógica que haga hincapié en el valor del esfuerzo como tal, más allá de las facilidades del sistema, de los profesores o del contexto cultural.

Todas las generaciones que crecieron desde el neolítico (o igual antes) hasta la mecánica cuántica se han nutrido de este notable ingrediente pedagógico. Freud, Einstein, Marx y Nietzsche entre otros tuvieron que esforzarse (y mucho) por aprender una cultura que constituía la base de todo aquello que luego ellos pusieron patas arriba. Por eso no he escogido los nombres al azar. Todas las leyes educativas desde la ya antigua LOGSE nos hablan de la importancia de transmitir el importante valor de la crítica. Valor cuya valía yo no discuto, mas sí querría subrayar la extrema dificultad de criticar aquello que se ignora. Más allá de esta apreciación, me resulta muy curioso que sean estas leyes, las que ya no contemplan la libertad de cátedra del profesor y le dicen exactamente cómo hay que enseñar, las que nos obligan a transmitir a nuestros alumnos el valor de la crítica. Supongo que soy un docente aplicado cuando soy crítico con estas leyes tan supuestamente críticas y liberadoras.

Dicho lo cual, lo siguiente que me fascina es que mientras la crítica es un valor pedagógicamente progresista, el esfuerzo es conservador. Como si la mejora de nuestro mundo no exigiera grandes sacrificios y disciplina.

Este fenómeno lo describe H. Arendt con una bella imagen: mientras que para los antiguos el mundo era aquel legado que se transmitía de padres a hijos haciéndose los padres corresponsables del resultado, en la época moderna, obsesionados por el nuevo mundo siempre por venir, es como si dijéramos a nuestros hijos: “Este detestable mundo es el que los otros han hecho, a ti te corresponderá arreglarlo” Eso sí, sin esfuerzo, no te vayas a lastimar.

Para hacer gala del principio que defiendo en esta pequeña reflexión dejaré al lector que saque sus propias conclusiones sobre el significado de este significativo olvido pedagógico y simplemente acabaré con un par de preguntas en voz alta ¿Es el mundo intelectual (universitario por decir algo) más crítico ahora que en los años 70? ¿puede haber algún interés político en hacer pasar por sabiduría la ignorancia de la propia ignorancia y llamarlo “rebeldía” o (más guay aún) “transgresión”?


Mi hijo me dijo el otro día: “papá yo de mayor quiero ser transgresor” y yo le contesté “lo siento hijo mío pero no nos lo podemos permitir, tenemos una hipoteca que pagar”.  

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