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| Para poder disfrutar de la recompensa de la creatividad es necesario esforzarse |
Tal y como ya me he
presentado en otros artículos, soy profesor de instituto con una
carrera que ha sobrepasado ya los 20 años. En estos años he visto
muchas reformas educativas y aún más modas pedagógicas.
Ahora la expresión
mágica que todo lo soluciona es el “trabajo por proyectos”,
igual que antes fue el aprendizaje cooperativo y mucho antes el
aprendizaje significativo. Dios me libre de caricaturizarlas, pues
creo honestamente que todas ellas contienen algo de verdad. Ahora
bien, algo debe fallar -y a mí que me registren- cuando simplemente
no pasan de ser modas que florecen y con el tiempo son olvidadas y
legadas a la hemeroteca de la pedagogía. Eso debe querer decir que
seguramente, nos guste o no, todas ellas deben adolecer de algún
error o unilateralidad.
Pues bien, a diferencia
de tantos y tantos teóricos del aprendizaje, yo también soy padre.
Y en concreto padre de víctimas de nuestro sistema educativo, con
sus virtudes y sus defectos, lo que simplemente me permite una visión
menos idealizada y menos politizada.
Y al final, después de
darle a mi hijo muchas explicaciones de las bondades de nuestro
sistema educativo que, como buen ilustrado defiendo, se me olvidó
decirle lo más importante: pero te tendrás que esforzar.
Cuando esto último quise
explicárselo, tuve que retroceder a la noche de los tiempos y partir
de cero. Para empezar había que explicar el significado de esa
palabra insidiosa y tan poco de moda, pedagógicamente hablando.
Esforzarse es hacer algo
que a uno no le apetece por el simple hecho de que cree tener la
obligación de hacerlo. Esta palabra es prima hermana de otra
denostada de la política: disciplina. El esfuerzo va ligado a la
disciplina, siendo la disciplina la capacidad de esforzarse.
Estas dos palabras sólo
tienen sentido en el contexto de una humanidad que se propone fines
(o proyectos existenciales) y que reconoce que alcanzar un fin
querido no es algo inmediato, sino a veces, muy muy mediato. Esto es
lo mismo que distinguir entre querer (lo que realmente quiero para
mí) y desear (lo que me apetece en cada momento). Y esta última
distinción es útil para no confundir la libertad (la capacidad de
obligarme a mí mismo) con la pura espontaneidad (hacer
irreflexivamente lo primero que me viene).
Y aunque no lo parezca,
hasta ahora no he hecho ninguna valoración. Simplemente he reflejado
lo que fenoménicamente se nos aparece en relación con el esfuerzo y
la disciplina.
La cuestión de fondo es
que no recuerdo ninguna moda pedagógica que haga hincapié en el
valor del esfuerzo como tal, más allá de las facilidades del
sistema, de los profesores o del contexto cultural.
Todas las generaciones
que crecieron desde el neolítico (o igual antes) hasta la mecánica
cuántica se han nutrido de este notable ingrediente pedagógico.
Freud, Einstein, Marx y Nietzsche entre otros tuvieron que esforzarse
(y mucho) por aprender una cultura que constituía la base de todo
aquello que luego ellos pusieron patas arriba. Por eso no he escogido
los nombres al azar. Todas las leyes educativas desde la ya antigua
LOGSE nos hablan de la importancia de transmitir el importante valor
de la crítica. Valor cuya valía yo no discuto, mas sí querría
subrayar la extrema dificultad de criticar aquello que se ignora. Más
allá de esta apreciación, me resulta muy curioso que sean estas
leyes, las que ya no contemplan la libertad de cátedra del profesor
y le dicen exactamente cómo hay que enseñar, las que nos obligan a
transmitir a nuestros alumnos el valor de la crítica. Supongo que
soy un docente aplicado cuando soy crítico con estas leyes tan
supuestamente críticas y liberadoras.
Dicho lo cual, lo
siguiente que me fascina es que mientras la crítica es un valor
pedagógicamente progresista, el esfuerzo es conservador. Como si la
mejora de nuestro mundo no exigiera grandes sacrificios y disciplina.
Este fenómeno lo
describe H. Arendt con una bella imagen: mientras que para los
antiguos el mundo era aquel legado que se transmitía de padres a
hijos haciéndose los padres corresponsables del resultado, en la
época moderna, obsesionados por el nuevo mundo siempre por venir, es
como si dijéramos a nuestros hijos: “Este detestable mundo es el
que los otros han hecho, a ti
te corresponderá arreglarlo” Eso sí, sin esfuerzo, no te vayas a
lastimar.
Para hacer gala del
principio que defiendo en esta pequeña reflexión dejaré al lector
que saque sus propias conclusiones sobre el significado de este
significativo olvido pedagógico y simplemente acabaré con un par de
preguntas en voz alta ¿Es el mundo intelectual (universitario por
decir algo) más crítico ahora que en los años 70? ¿puede haber
algún interés político en hacer pasar por sabiduría la ignorancia
de la propia ignorancia y llamarlo “rebeldía” o (más guay aún)
“transgresión”?
Mi hijo me dijo el otro
día: “papá yo de mayor quiero ser transgresor” y yo le contesté
“lo siento hijo mío pero no nos lo podemos permitir, tenemos una
hipoteca que pagar”.

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