Como le gustaba decir a Fritz Perls, el fundador de la
psicoterapia Gestalt, en Gestalt no interpretamos los sueños, sino que los
dramatizamos. La idea que subyace a este enfoque es la de que cada parte del
sueño es una parte alienada de nosotros. Y el sueño es la integración de todas
las partes proyectadas a través de la fantasía.
Desde un paradigma biológico, Perls entendía la actividad
psíquica como una forma más de crecimiento. Para crecer necesitamos nutrirnos,
y para nutrirnos necesitamos comer. Hay que establecer claramente la diferencia
entre estos dos conceptos puesto que hay casos en que comer puede no ser
nutritivo, sino tóxico.
Así, para nutrirnos, se ponen en marcha un montón de
mecanismos que forman parte de nuestra estructura fisiológica. Primero debemos sentir la necesidad, el hambre. Este
primer paso ya es importante, ya que puede haber muchas personas que por
razones diversas pueden estar insensibilizadas. Una vez sentida la necesidad
nos orientamos en el espacio para percibir del ambiente lo que nos puede
convenir. Esto se convierte en figura que destaca sobre un fondo de todo lo
demás. Es nuestro interés aquí y ahora el que convierte una determinada
percepción en figura. De aquí el nombre de terapia Gestalt, que significa entre
otras cosas “figura” en alemán.
Cuando percibimos el posible alimento hacemos un acopio de
energía suficiente para pasar al ataque. Sí, alimentarnos supone una agresión
que se consuma en la masticación y digestión. Y es conveniente masticar a fondo
y con conciencia para nutrirnos bien. Este ataque no es otra cosa que una forma
de contacto. Hay que contactar con el medio y con la figura que emerge en él.
Tras el contacto vendría el goce y por último la separación para pasar a otra
necesidad. Esto es lo que en Gestalt llamámos el círculo de las necesidades.
Cualquier interrupción de este proceso en uno de sus eslabones es la
manifestación de la neurosis. La neurosis no es otra cosa que la coraza que nos
hemos puesto de pequeños para protegernos del dolor (necesaria y útil en su
momento) y que aquí y ahora queda obsoleta pues nos impide el contacto genuino.
Esta coraza actúa colocando fuera de nosotros lo que en
realidad nos pertenece por medio de la proyección. Y aquí es donde interviene
el sueño. El sueño en sí es curativo pues nos muestra partes de nosotros mismos
que en la vida diurna nos negamos a aceptar o asimilar. Lo no asimilado es
aquello que no ha sido masticado y digerido adecuadamente y ha resultado tóxico.
Siguiendo el símil podríamos decir que el sueño es regurgitación de lo no
asimilado. En su dramatización nos convertimos en cada una de las partes de lo
soñado. Nos identificamos con todas y así realizamos un proceso de integración.

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